Artículo de Ñaupari, publicado en Perú

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Publicado en Perú, el 28 de marzo del 2014

Héctor Ñaupari, escritor, ensayista, poeta y abogado. Presidente del
Instituto de Estudios de la Acción Humana, Perú

Hace unos días presentamos en Lima el libro Mi verdad de la doctora Hilda
Molina, ante una multitudinaria audiencia, junto a los librepensadores
Álvaro Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner, dilectos amigos, en una
magnífica cobertura organizada por la notable Yesenia Álvarez y su Instituto
Político para la Libertad.

El devoto público de esa noche se dispuso atentamente a escuchar la muy
conmovedora historia de esta neurocirujana nacida en Cuba, quien decidió,
luego de un largo proceso de convencimiento, no exento de cuestionamientos y
apelaciones, por voluntad propia y en el otoño de su vida, que en su país
debía existir libertad, igualdad, oportunidades y bienestar. Con su renuncia
al proyecto revolucionario -que la despojó de sus títulos y su condición de
parlamentaria, entre otros castigos- buscaba que sus compatriotas -“aún un
poco más fugitivos que nosotros” como en la Quinta elegía de Rilke- puedan
comer, tener un techo y medicinas, caminar por las calles y plazas de su
centro histórico, leer periódicos, ser atendidos por sus médicos, viajar y
expresar una opinión propia.
La valiente renuncia de la doctora Molina, “hecha desde lo alto” como
destacó Vargas Llosa, tuvo como propósito que en Cuba se recupere la
confianza y el respeto por uno mismo y por el prójimo: lo que definimos como
la vida en libertad. Tal cual el profético poema Para escribir en el álbum
de un tirano de Heberto Padilla, Hilda Molina descubrió “un día su voz
fuerte”, que empezó a martillar en su interior como una pregunta constante
hasta transformarse, años después, en un asordinado grito de espanto y de
protesta, y lo hizo su ideal.
Ese ideal, descubierto tras décadas de dudas, vacilaciones y titubeos, en el
que no se omiten sus propios errores y contradicciones, como sus preclaras
convicciones, le ha costado a nuestra autora el asedio del gobierno cubano,
su aislamiento, su silencio, así como un sinnúmero de insultos. Por ese
propósito, esta valerosa mujer lo ha arriesgado todo: en particular, la
seguridad de su familia más cercana y de su propia persona, como relata,
aguijoneándonos el corazón, en Mi verdad. Su visión, no cabe duda, se
convertirá en la realidad meridiana que arribará cuando cedan por fin las
tinieblas de adrenalina y pesadilla de la dictadura cubana, pues como ella,
citando el poema Discurso en verso de Vicente Valero, también “creo en la
claridad de su caída”.
Mi verdad es un libro donde la devoción de Hilda Molina a Dios Padre, a su
familia, a su madre, a su hijo, nos hace derramar más de una lágrima: tras
su lectura queda patente el sueño de esta mujer porque Cuba sea una nación
donde padres, hijos y nietos puedan vivir, trabajar y prosperar sin angustia
ni opresión.
En esta obra se une la vivencia personal de esta doctora en medicina,
científica e investigadora, con la historia de Cuba; se descubre la luz de
su mensaje, que denuncia, página a página, el camino de servidumbre que este decadente régimen le hace padecer durante más de quince años, que se ensaña con ella -sometiéndola a un trabajo esclavo y dejando sin camas a los
enfermos que atendía- como contra sus seres queridos, subrayando de este
modo las miopías del autoritarismo, su brutalidad y su sádica intimidación.
Todo ello se confronta con la esperanza del cambio en el que Hilda cree y
que nos transmite en sus reflexiones y vivencias junto a su familia: por su
intermedio aprendemos que, cuando los tiempos se ponen difíciles, muy pronto
vendrán las soluciones. Por todas estas razones, recomiendo fervorosamente
la lectura de Mi verdad de Hilda Molina, testimonio de su voluntad, sus
valiosos méritos y se fe inconmovible, y que la senda abierta el día de hoy,
con su iluminada y, por muchos momentos, dolorosa certeza, que tanto
emociona como denuncia, invite a las nuevas generaciones de latinoamericanos a una concienzuda, seria y solvente reflexión sobre el calvario cubano, y las infinitas posibilidades que se lograrán cuando la libertad se extienda por la isla, según reza el poema, “como el cielo en la línea febril del
horizonte”.