Dr. Honoris Causa

Share

Acto de Investidura de la Dra. Hilda Molina con el Doctorado Honoris Causa, conferido por el Instituto Universitario EDEADE, Argentina, 3 de Diciembre 2012

Discurso pronunciado por la Dra. Hilda Molina en ocasión de conferírsele el Doctorado Honoris Causa por el Instituto Universitario EDEADE, Argentina

Publicado en la Revista de Instituciones, Ideas y Mercados (RIIM). Nro. 57. Año XXIX

Dr. Carlos Newland, Rector del Instituto Universitario ESEADE, Sres. miembros del Consejo Académico y del Consejo Directivo, Sres. Profesores, Egresados, Alumnos, Invitados, Amigos todos:

El 26 de diciembre del pasado 2011, viví momentos de emoción al conocer que el Consejo Académico del Instituto Universitario ESEADE había decidido conferirme el Doctorado Honoris Causa. Si para cualquier ser humano resulta importante sentirse querido, apreciado y reconocido, en mi caso particular la importancia de este reconocimiento se multiplica, porque me llega lejos de mi Patria y porque me lo otorga esta alta casa de estudios, que desde 1978 ha desarrollado programas de formación académica de excelencia, basados en los principios de la libertad.

Agradezco al Consejo Académico y al Consejo Directivo del Instituto Universitario ESEADE, que me hayan distinguido a mí, humilde neurocirujana cubana, con el Doctorado ya conferido a prestigiosas personalidades de las ciencias y la cultura.

Y como para los que hemos vivido más de seis décadas, todo tiempo de reconocimientos y homenajes es también tiempo de remembranzas, desde que supe de esta distinción, mi mente ha volado hacia el pasado y ha ido transitando por algunos pasajes de mi trayectoria existencial, la trayectoria que ESEADE honra hoy con la entrega de este título.

No recuerdo en qué momento exacto surgió mi pasión por la Medicina, pero puedo asegurar que desde que tengo uso de razón he sentido fascinación por mi profesión. Se trata de una profunda vocación que nació de mi prematura identificación con el dolor humano. Nunca olvidaré aquella tarde cuando con sólo quince años y mientras leía un viejo libro de Medicina, comprendí que sería cirujana, pero cirujana del cerebro, de ese órgano prodigioso donde sabía se generaban el bien y el mal; de ese órgano misterioso donde sabía se engendraban la inteligencia, las ideas, los sentimientos, las emociones, y los recuerdos.

Mi temprana preocupación por la pobreza, las injusticias, los enfermos sin médicos y los niños sin escuelas, fueron inquietudes poco comunes en las jovencitas de la llamada “alta sociedad” de aquella época. Con apenas catorce años, era dueña de una personalidad adulta y de un hermoso proyecto de vida, constituir una familia numerosa y feliz y ejercer la Medicina al servicio de los pobres y desvalidos. Estaba segura de que mi plan de vida se haría realidad porque mi rendimiento académico del Bachillerato había sido premiado con una beca para estudiar la carrera de Medicina en España o en los Estados Unidos. Pero sin siquiera presentirlo, me sorprendió el acontecimiento que cambiaría radicalmente la vida de mi Patria y mi propia vida. El 1ro de enero de 1959, Fidel Castro llegaba al poder conduciendo una prometida “revolución democrática y humanista”. Tenía yo entonces quince años.

Nunca olvidaré mis vivencias de los albores del año 1959. Fidel Castro nos convocaba al sacrificio en aras de la Patria y aunque mi verdadero deseo era no renunciar ni a mi propio yo ni a mi proyecto de vida, me resultaba imposible evadirme de aquellas consignas que saturaban el país, prometiéndome una Cuba sin las injusticias que angustiaban mi adolescencia. Y en la lucha que sostuve conmigo misma, triunfó el yo menos mío. Me puse a disposición de la Revolución. Renuncié a mi beca y a mis sueños. Postergué el inicio de los estudios de Medicina. Hice entrega de mi libertad, de mi derecho a pensar, a sentir y a decidir sobre mi propia vida.

Mi memoria evoca aquellos años de errores supremos, en los que joven, soñadora y rebelde, torcí el rumbo de mi vida y transité por caminos falsos y ajenos, entregando lo mejor de mí a la que creía era la más perfecta de las revoluciones.

Corría el año 1968 cuando finalmente pude iniciar la carrera de Medicina. Recuerdo con emoción la excelencia y bondad de los profesores de aquellos tiempos; y cómo crecía mi amor por la profesión a medida que me adentraba en sus secretos y en su sacrificado ejercicio. Sin apenas darme cuenta finalicé los estudios y en reconocimiento a mi condición de Graduada más Destacada de esa promoción de 1027 nuevos doctores, me premiaron con el derecho a escoger la especialidad deseada. Sin embargo, necesité de múltiples gestiones para que me permitieran iniciar la residencia de Neurocirugía, porque este era un ámbito dominado exclusivamente por neurocirujanos machistas y por tanto reacios a la entrada de mujeres.

Nunca olvidaré mis primeros encuentros con los pacientes afectados por enfermedades graves e invalidantes del sistema nervioso. Supe entonces que los especialistas de las neurociencias necesitamos de una gran vocación y de conocimientos, coraje y disposición al sacrificio para enfrentar el reto que representa arrebatárselos a la muerte y mejorar la calidad de sus vidas. Supe también que ese era mi mundo. Un mundo generador de salud y esperanzas; ajeno a la política, al odio y a tanta charlatanería ideológica hipócrita e inútil.

Recuerdo mi preocupación por el subdesarrollo de las neurociencias cubanas, y el epistolario que mantuve con los más reconocidos especialistas del ámbito internacional, pidiéndoles ayuda para introducir en mi país los logros de la revolución neurocientífica que ellos conducían y que ya comenzaban a llamar Restauración Neurológica. Cuando en 1978 concluí la residencia y obtuve el título de Especialista de Primer Grado en Neurocirugía, realizaba ingentes esfuerzos en aras de lograr que los pacientes cubanos pudieran contar con los avances científicos ya disponibles en los países desarrollados.

Aunque en el año 1980 había recorrido un camino de desengaños, me alegró que me seleccionaran para cumplir una misión médica humanitaria en el lejano país de Argelia. Presentía que me esperaban sacrificios y mucho trabajo, pero nunca imaginé las penalidades a las que me someterían. Me asustan aún los recuerdos que me llevé de Argelia, porque comprobé que las Misiones Médicas Internacionalistas supuestamente humanitarias, eran un gran negocio para el gobierno de Fidel Castro. Porque comprobé que mientras los médicos y enfermeros trabajábamos y vivíamos en condiciones infrahumanas, el gobierno cubano cobraba la totalidad de los dólares generados por nuestro trabajo. Porque comprobé que para ese gobierno, los especialistas de la salud no éramos más que una dotación de esclavos obedientes, abnegados y excelentes productores de dólares.

Después de más de dos años de ausencia, retorné a Cuba irreversiblemente decepcionada; y con la decisión de que trabajar al servicio de mis compatriotas enfermos, sería el único lazo que me ataría al llamado proceso revolucionario.

Recuerdo mi quehacer en pos de que Cuba integrara la vanguardia de la Restauración Neurológica. Y logré mi objetivo, porque el centro de mis sueños se hizo realidad. Aunque mi proyecto fue aprobado por el propio Fidel Castro, el Centro Internacional de Restauración Neurológica no fue nunca una institución de Fidel Castro, sino un centro surgido gracias a los aportes de los más prestigiosos neurocientíficos del mundo, asesorado por ellos, e insertado por derecho propio en la comunidad neurocientífica internacional.

Rememoro mi alegría al ver a los pacientes recuperados y resucitados a una nueva vida en ese templo de ciencia y humanitarismo. Pero qué podíamos esperar de una dictadura que combinaba lo más brutal del estalinismo con lo más sórdido del capitalismo salvaje; y que iba convirtiendo a mi país en una “Cuba para los Extranjeros”? Rescato hoy de mi memoria los días de fracasos y traiciones del año 1993, en los que me veo derrotada ante la decisión dictatorial de desalojar del Centro a los empobrecidos enfermos cubanos para recibir allí únicamente a extranjeros con posibilidades de pagar en dólares. Y me recuerdo tomando la peligrosa decisión de renunciar definitivamente a todo lo que me vinculaba al régimen de Fidel Castro.

Revivo hoy las noches de insomnio en las que analizaba cómo enfrentar los inevitables riesgos de mi temeraria renuncia: la represión, los ataques físicos, las campañas difamatorias, la ausencia indefinida de mi hijo, la imposibilidad de ejercer mi profesión….Recuerdo mis preocupaciones y mi angustia, pero también mi decisión de exponerme a cualquier peligro antes que convertirme en cómplice silente de abusos contra los enfermos cubanos, antes que convertirme en cómplice de un crimen de lesa Patria.

Me recuerdo renunciando a esa falsa Revolución y devolviendo las condecoraciones que había recibido en el transcurso de siete lustros de arduo trabajo. Se cerraba así el capítulo final de mi historia dentro del régimen comunista cubano. Había roto el yugo voluntariamente aceptado treinta y cinco años antes.

Supe que Fidel Castro se mantuvo al tanto de los acontecimientos y que en un paroxismo de furia me sentenció a muerte, a una muerte lenta, al decretar que yo me quedaría para siempre sepultada en Cuba y que nunca más volvería a ver a mi hijo. Supe que inexplicablemente, mi madre también había sido incluida en esta demencial condena.

Aunque yo no había sido oficialmente juzgada ni condenada, Fidel Castro me mantuvo cautiva durante más de quince años en su corredor de la muerte. Y no era este un corredor de la muerte común, porque a mí me iban matando lentamente al separarme para siempre de mi hijo e impedirme conocer a mis nietos. Pero esa sentencia de odio encontró una eficaz respuesta en la cruzada de amor que libró mi familia y que recorrió el planeta, denunciando los abusos del régimen castrista contra nuestra familia y contra todas las familias cubanas; y la discriminación de los pacientes cubanos en privilegio de los extranjeros que pagaban en dólares.

Y se produjo el milagro, porque nuestra cruzada, apoyada por miles de hombres y mujeres sensibles y solidarios, derrotó al odio de Fidel Castro. Primero mi madre, en el 2008; y más tarde yo, en el 2009, logramos reunirnos con nuestros seres queridos en la Argentina. Amanecía el 14 de junio del año 2009, cuando, gracias a las fuerzas milagrosas del amor, yo pude abandonar el corredor de la muerte donde estuve cautiva durante 5 475 días; y viajar desde el mundo de tinieblas de Fidel Castro, hasta la luz de los ojos de mi hijo, multiplicada en la luz de los ojos de mis nietos.

Y aquí estoy, compartiendo con ustedes mis vivencias y también la alegría de recibir este Doctorado Honoris Causa, que dedico:

A mi madre, mujer excepcional de alma iluminada a quien debo todo lo que soy; y que no ha podido acompañarme físicamente en este acto por enfermedad de su corazón, de su nonagenario corazón que es fuente inagotable de generosidad y ternura.

A mis nietos, a mi hijo y a mi nuera, a los que también he dedicado, como imperecedero legado de amor, mis humildes luchas en defensa de las libertades, los derechos y la dignidad de todos los seres humanos; y en especial, de las familias y los enfermos.

A mi Patria en agonía y a la disidencia interna cubana, a ese valiente y calumniado sector de la ciudadanía nacional al que tuve el honor de pertenecer. A esos hombres y mujeres que entregan sus vidas a la ingrata pero digna misión de defender los derechos y libertades de todo un pueblo silenciado por el terrorismo de Estado.

No quiero concluir estas palabras sin dejarles mi mensaje, un mensaje que está implícito en los objetivos de la Asociación Civil “Crecer en Libertad”, la organización que he creado con la ayuda de amigos excelentes y solidarios.

Después de vivir más de cincuenta años en la “Cuba de Fidel Castro”, treinta y cinco como protagonista de la que creí una verdadera Revolución; y más de quince como opositora a la que resultó ser la dictadura más longeva y una de las más crueles de la historia contemporánea, considero que conozco profundamente la verdad sobre ese régimen. Me consta que Fidel Castro ha podido adueñarse de mi país de forma vitalicia, porque logró destruir los pilares históricos de la nación cubana: la institución familiar, la libertad, la doctrina del amor y la fraternidad; y la vocación de servicio. Estoy por tanto convencida de que sólo las naciones que protegen a las familias, respetan las libertades, se preservan del odio y siembran valores, pueden conservar sanos sus corazones y garantizar una vida digna y feliz a sus ciudadanos. Y es basada precisamente en mis aleccionadoras experiencias, que yo he conformado mi último proyecto de vida; y he definido que su objetivo fundamental será, la defensa de la institución familiar, de la libertad, de la doctrina del amor (como antítesis del odio institucionalizado) y del proyecto de vida inspirado en la vocación de servicio; en resumen: de la educación en valores.

Y precisamente de mis aleccionadoras experiencias, nace también este mensaje que dejo a todos ustedes y en especial a los jóvenes:

Defendamos la institución familiar y rescatemos su condición de célula básica e insustituible de la sociedad.

Defendamos la libertad y coadyuvemos a la comprensión de que la libertad y los derechos humanos son condiciones inherentes a la propia naturaleza humana; y por ende ni se conceden ni se usurpan, se reconocen y se respetan. Urge que los jóvenes aprendan que jamás deben entregar su libertad ni ceder a otro ser humano, a nadie, el derecho a decidir sobre sus propias vidas. Urge que los jóvenes comprendan que libertad no es hacer siempre lo que desean, sino lo que los haga crecer como hombres y mujeres; y que somos verdaderamente libres cuando defendemos nuestra libertad y al unísono respetamos la libertad ajena.

Defendamos la doctrina del amor, comenzando por rescatar el verdadero significado de la palabra “amor”. Urge que coadyuvemos a la comprensión de que el amor, esencia misma de la condición humana y único sentimiento capaz por sí solo de salvar al mundo, es el mejor antídoto contra la institucionalización del odio; contra las dictaduras, el totalitarismo, las guerras, la violencia y todas las manifestaciones del mal.

Eduquemos en valores, convencidos de que los valores son los instrumentos óptimos para enfrentar todas las manifestaciones de la enfermedad social.

Yo vengo de una tierra cautiva. Me duele el dolor de mi Patria pero he transformado este dolor en voluntad para continuar luchando y en estos mensajes que seguiré difundiendo hasta mi último aliento, porque sé que este universo en que vivimos necesita no tanto de acciones heroicas excepcionales, sino de que todos nos esforcemos en pos de legar a nuestros descendientes un mundo más habitable. Es posible que en el difícil camino de esta lucha, el desaliento se apodere de nosotros y sintamos que no vale la pena sacrificarnos para mejorar a un mundo contaminado por tantas miserias morales, espirituales, éticas y materiales. Es posible que nos desanimemos al sentir que nuestros sacrificios son como gotas de agua en el mar. Por eso quiero finalizar esta intervención con unas memorables palabras de la Madre Teresa de Calcuta, palabras que hago mías cuando me domina el desaliento y que les aconsejo adopten como propias. La hoy Beata Teresa de Calcuta utilizó estas palabras para responder a un interlocutor escéptico que cuestionaba el “limitado” alcance que la maravillosa obra de las Misioneras de la Caridad tenía en un mundo tan lleno de miserias y dolores:

“Sí, es cierto – dijo la Madre Teresa-, es posible que lo que hacemos sea sólo como una gota de agua en el mar; a veces lo sentimos así, a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero vamos a continuar con nuestra misión, porque el mundo sería menos habitable si faltara nuestra obra, así como el mar sería menos mar si le faltara una gota” Muchas Gracias