Martina Rua entrevista a Estanislao Bachrach en una conversación íntima sobre emociones, silencio, y el camino personal que lo llevó a replantearse todo desde el cuerpo y la respiración; un episodio imperdible del ciclo Conv
Estanislao Bachrach es doctor en biología molecular, especializado en neurociencias. Tras muchos años dedicado a la investigación del cerebro y su biología, los pensamientos y las emociones, comenzó a poner el foco en el cuerpo. La cuarentena fue apenas un detonante para tratar de entender la relación del cuerpo con el cerebro, “una inteligencia sensorial” que nos permita aprender a utilizar nuestro cuerpo como herramienta de autoconocimiento, a través de ejercicios y técnicas de meditación. De esto y mucho más charló con Martina Rúa, en un nuevo encentro del ciclo Conversaciones.
- ¿Qué te trajo hasta acá?
Creo que haber dejado de escuchar tanto a mi razón y escuchar más a mi intuición, y el cuerpo también tiene mucho que ver. Y, sobre todo, haber dejado el mandato paterno y ver qué es lo que yo quiero, qué es lo que me divierte. Sé que soy una persona muy afortunada por trabajar de lo que me gusta, y cuando fui soltando –la parte racional, la parte de mi familia– y escuchándome a mí mismo, llegué hasta acá casi sin proponerlo.
- ¿Cómo se hace ese camino de descubrimiento?
Creo que debe haber varias maneras de hacerlo. Lo que no creo es que salga solo, uno tiene que proponérselo. En mi caso fue el ‘clásico porteño’: a través de la terapia (risas). Primero, una terapia más lacaniana, psicoanalítica, después cognitivo-conductual. Pero cuando me sumergí en el mundo de la meditación y los cambios en los patrones respiratorios, empiezan a pasar cosas que no tienen una explicación racional, empezás a darte cuenta de cosas que no son racionales, pero las sentís. Es pasar del ‘pensar’ al ‘sentir’, y comenzás a elegir un poco mejor. Lo digo otra forma: empezás a arrepentirte menos de las decisiones que vas tomando.
-Hay una palabra que no dijiste, pero creo que subyace, que es el autoconocimiento. ¿Cualquiera puede acceder a ese autoconocimiento o hay que tener herramientas específicas para llegar hasta ahí?
Yo creo que cualquiera puede acceder. Muchos no podemos acceder solos; necesitamos de un coach, de un terapeuta, de un mejor amigo. A veces, uno se ilumina leyendo un libro o escuchando un podcast. Requiere de disciplina, de tiempo, de esfuerzo, de atención –lo que los adultos decimos no tener–, pero creo que cualquiera puede acceder.
Aunque la palabra está un poco bastardeada o vapuleada, creo que está tomando fuerza. La gente se está dando cuenta de que el bienestar o la toma de decisiones no dependen tanto de lo que tengo, sino de lo que soy y lo qué quiero ser.
- ¿Qué te pasó en los últimos siete u ocho años, donde decidiste poner el cuerpo al frente [en conexión con la mente]?
A mí me da un poquito de vergüenza hablar de esto porque, si bien soy un divulgador, yo no inventé nada de lo que escribo, son cosas que se saben desde hace muchos años…
Pero no las implementamos...
- Tal cual. Mil, dos mil, tres mil… algunas cosas son de hace 4000 años. El disparador fue la pandemia, y más que la pandemia, la cuarentena. Encerrado en mi departamento pequeño, ahí, mitad con mis hijos, mitad solo, empecé a decir: “Bueno, mi cuerpo no solo lleva mi cabeza a todos lados, sino que debe tener otras cosas”. Así, por deformación intelectual –yo soy biólogo–, empecé a investigar qué sabía la biología de la relación cuerpo-mente, cuerpo-cerebro, y fui armando mi último libro, Zensorialmente.
Todo lo que cuento lo aplico a mi vida personal. Algunas veces me sale, a veces no, a veces funciona, a veces no, pero hace unos años, también en esa época de pandemia, me agarró una especie de síndrome del impostor: hablaba de muchas cosas, que desde la teoría lucía muy bonitas y de las que tenía evidencia científica, pero mucho más importante es cuando las atravesás por vos mismo, por tu cuerpo, por tu forma de respirar… Entonces, estoy tranquilo cuando hablo de esto. Sigo teniendo mis enojos y mis reacciones, no soy un monje budista, pero claramente es una vida distinta cuando incorporás estas herramientas a tu vida personal.
- Has contado más de una vez que sos un paciente crónico. Es decir, que el dolor está presente en tu cuerpo. También has dicho que se puede tener dolor y no sufrir. ¿Cómo es eso?
- Yo creo que ese fue el cambio más importante que hice en la última década. Yo sufro de migrañas crónicas y empecé a darme cuenta, con la ayuda de un terapeuta cognitivo-conductual, que, además de que me dolía mucho, sufría mucho. Ahí empecé a distinguir la diferencia entre sufrir (tiene que ver más con la mente) y el dolor, que es algo natural que le pasa al cuerpo y siempre se va. El dolor aparece y siempre se va. Ahora me sigue doliendo, pero no sufro más.
- ¿Qué te decís cuando llega el dolor?
Es difícil, porque lo que yo diga a muchos no le va a funcionar. Creo que cada uno tiene que encontrar su propia herramienta o herramientas para que ese sufrimiento sea solo dolor. Y buscar ayuda, a veces, no tiene que ver con un médico, tampoco tiene que ser un terapeuta. Puede ser una persona, un familiar que uno quiere o que te quiere, un mejor amigo. Lo que me digo en ese momento es “Va a pasar. Hoy es parte de mí, en algún momento, quizás, se va, quizás no”.
Creo que los mejores analgésicos están en el estómago y cuando cambiás la forma de respirar, los patrones respiratorios, calma el dolor, pero sobre todo desaparece el sufrimiento. Yo trabajo por ahí. Mi forma de respirar, meditar. No es fácil, pero es posible. Requiere de tiempo.
Meditación y respiración. ¿Por qué la subestimamos tanto?
Por muchos años, gracias a la no tecnología, no había mucha evidencia científica del impacto que tenía esto en el cuerpo, el cerebro y, sobre todo, en el bienestar. Hoy ya hay muchísima evidencia científica del impacto que tiene en sentirse mejor, punto. ¿Quién no quiere sentirse mejor en la vida? Entonces, yo siempre digo que no hay que usar estas herramientas, pero están ahí a disposición. Son gratis, son fáciles de aprender, pero requieren de paciencia, esfuerzo, disciplina, constancia… cosas que el adulto no tiene.
- ¿Cómo se empieza a meditar? ¿Hay una manera? ¿Depende de la persona?
Hay muchas maneras. Yo te puedo decir la que recomiendo y te puedo decir lo que la gente hace, en general. La que yo recomiendo es siempre con instructor, presencial y en grupo. La gente aprende también por las aplicaciones. Hay mucha aplicaciones disponibles, muchas gratis, y medita cinco minutos, diez minutos. Las aplicaciones vienen con la teoría, te explican que está pasando, qué va a pasar. Creo que vale mucho la pena.
- ¿Y qué le pasa al cerebro si yo medito durante tres o cuatro semanas? ¿Pasa algo?
Sí, pasan muchas cosas, pero fundamentalmente se empieza a modificar la estructura y, a veces, la función de ciertas áreas del cerebro, de las neuronas. En especial, la atención, porque meditar es llevar la atención a un solo lugar. Es como ir al gimnasio todos los días a hacer bíceps, nada más que bíceps. Claramente, dos meses después ves los bíceps distintos. Acá, no podés ver el cerebro distinto, pero en la resonancia sí lo ves. Se puede ver por tecnología y lo sentís. Empiezan a pasar cosas distintas. El gran desafío es sostenerlo en el tiempo, porque si uno va al gimnasio a hacer bíceps dos meses y después no va más, el músculo vuelve a su lugar. Lo mismo ocurre con el cerebro. Si vos entrenás con meditación durante varios meses y después dejás de meditar, vuelve hacia atrás.
- Quiero hablar de los adolescentes. ¿Qué pasa con los pensamientos y la frustración de esta generación?
Yo no soy experto en adolescencia ni en educación. Lo que observo de los hijos de mis amigos y de mis hijos tiene mucho que ver con el nivel de calidad de presencia. De cuando eran más chicos, antes de ser adolescentes, dónde estuvo el papá y la mamá en esa familia. Si esos chicos más chicos tenían un espacio para expresar sus emociones sin ser juzgados. Esa es la parte más importante. Creo que mis hijos adolescentes han tenido muy buenas herramientas, entonces hablan de lo que sienten. El hecho de poder hablarlo –porque saben que el papá no los va a juzgar–, genera otro debate, genera la posibilidad de trabajar la frustración. La frustración es algo normal, el tema es poder decirlo y buscar ayuda. También es bueno que vean que todo este mundo de las emociones es un mundo normal, no es un mundo negativo, a veces es un mundo displacentero; y entender que en la vida uno no tiene todo lo que quiere cuando quiere.
- ¿Cuál creés que es tu mayor virtud?
Puede ser la comunicación. No me doy cuenta, pero es lo que la gente me dice.
- ¿Qué rasgo te enorgullece de tu personalidad?
Creo que soy una persona muy generosa.
- ¿Qué canción te emociona?
Es medio antiguo lo que voy a decir, pero por una historia familiar, Rasguña las piedras.
- ¿Qué paisaje de Argentina llevás siempre con vos?
Ninguno, no tengo.
- ¿Qué te hace reír sin culpa?
Muchas veces, mis hijos. Acá hay un comediante que me hace reír, que no puedo parar, Fernando Sanjiao. Lo pongo a Fer y río sin parar.
-¿Qué te da bronca?
Ya no tengo bronca con facilidad. Cuesta que yo esté con bronca, pero quizás, cuando desde mi subjetividad, siento cosas injustas. Los políticos argentinos pueden darme bronca, bastante, todos…
- ¿Con quién tendrías tu última charla?
Tengo una deuda con mi papá. Mi papá murió el 10 de noviembre 2009, de golpe, y lo extraño todos los días de mi vida. Y sí, me encantaría. Yo estuve diez años fuera del país, entonces lo vi muy poco. Cuando volví, a los dos años se murió. Entonces, no terminé de disfrutar esas charlas con él.
- ¿Qué te gustaría que digan de vos en cien años?
No me interesa nada, no me importa. Digan lo que quiera, no me importa nada (risas).
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